por James Petras*
Impacto regional de la crisis global
La depresión mundial tiene algunas causas comunes y otras específicas, y se ve afectada por las interconexiones entre economías y estructuras socioeconómicas precisas. A escala general más global, la tasa creciente de beneficios y la sobreacumulación de capital, que condujeron al frenesí especulativo inmobiliario y a su quiebra, afectó a la mayor parte de los países directa o indirectamente. Al mismo tiempo, aunque todas las economías regionales sufran las consecuencias del avance de la depresión, las diferentes regiones se sitúan en la economía mundial de manera diferente, por lo que los efectos varían sustancialmente.
América Latina
Con sus políticas de libre mercado en pleno desorden y con enormes divisiones de clase que socavan cualquier recuperación nacional, la vertiginosa caída de sus exportaciones y producción industrial está llevando a Brasil hacia una recesión profunda a pesar de la jactancia y las declaraciones de Wall Street y del favorito de la Casa Blanca, su presidente Lula da Silva.
En enero de 2009, la producción industrial cayó un 17,2% anual. El producto interior bruto se contrajo el 3,6% en el último trimestre de 2008 (FT, 11 de marzo de 2009). Todo indica que el crecimiento negativo persistirá y se profundizará durante el resto de 2009. La inversión extranjera directa y los mercados de exportación, que han sido las fuerzas impulsoras del crecimiento en el pasado, están en recesión aguda. Las políticas de privatización de Lula han traspasado a manos extranjeras gran parte del sector financiero, que ha transmitido las crisis de EEUU y la UE. Sus políticas de globalización fomentan la vulnerabilidad de Brasil en paralelo al hundimiento del comercio exterior.
Los flujos de capitales son ampliamente negativos. Cientos de miles de trabajadores perdieron sus empleos entre diciembre de 2008 y abril de 2009. Los cinco millones de trabajadores rurales pobres sin tierra y los diez millones de familias que viven con un dólar gracias a la subvención de la canasta básica del Estado están excluidos de la demanda nacional efectiva, al igual que las decenas de millones de trabajadores de salario mínimo que viven con 250 dólares al mes. El poder adquisitivo de los pequeños agricultores familiares altamente endeudados no es ningún sustituto de la demanda exterior, cada vez más pequeña.
Todos los sectores, rurales y urbanos, de la clase capitalista congelan sus nuevas inversiones a medida que el crédito privado se evapora, los inversores exteriores huyen y el consumo interior se encoge frente a la profundización de la recesión. Las propuestas de Lula de desvinculación –decoupling– y sus proyecciones de crecimiento de un 4% anual se consideran ilusiones que sirven para encubrir el inicio de una recesión económica severa. El respaldo ciego de Lula a la globalización y al mercado libre es un determinante central de la profundización de la recesión en Brasil.
La reducción del crecimiento del PIB de Brasil a tasas negativas es la pauta en toda la región. Argentina va hacia un 2% negativo, México a menos 3% y Chile a un crecimiento cero, o menor. América Central y el Caribe, altamente integrados en la economía de EEUU y mundial, están experimentando con toda la fuerza la depresión mundial, con tasas altísimas de desempleo derivadas del hundimiento del sector turístico, la demanda decreciente de materias primas y un descenso acusado de las remesas de sus trabajadores en el extranjero. Se producirá un incremento agudo de la pobreza extrema, de la delincuencia y de un potencial de agitación social y popular contra los gobiernos de derecha e izquierda en el poder.
La extensión del capital imperial por todo el mundo, calificada de globalización por sus defensores y de imperialismo por sus críticos, ha conducido a la rápida expansión de la crisis financiera y a la crisis en los países más estrechamente vinculados a los circuitos financieros de EEUU y la UE. La globalización ligó las economías latinoamericanas a los mercados mundiales a expensas de sus mercados interiores, y con ello aumentó su vulnerabilidad a la caída vertical en la demanda, precios y el crédito que hoy vemos. La globalización, que promovió anteriormente la afluencia de capitales, ahora, con el inicio de la depresión, facilita su salida masiva.
Estados Unidos, que está absorbiendo el 70% de los ahorros mundiales en su esfuerzo desesperado para financiar sus monstruosos déficits comerciales y presupuestarios, ha expulsado a sus socios comerciales latinoamericanos del mercado global del crédito. La depresión muestra con total claridad las trampas de la globalización centrada en el imperio, y la ausencia notoria de cualquier remedio para sus colaboradores en América Latina. La desintegración de la economía global centrada en el imperio es evidente en el creciente proteccionismo y en las subvenciones estatales de miles de millones de dólares destinadas a apuntalar a los capitalistas de los estados imperiales en los sectores de la banca, los seguros, el sector inmobiliario y el manufacturero.
La depresión mundial no solamente revela las fallas intrínsecas de la economía globalizada, sino que también garantiza su liquidación en última instancia en una multiplicidad de unidades en competencia mutua, en la que las naciones, cada una dependiente de su propia Hacienda y sectores del Estado, confía en salir de la creciente depresión de profundización a expensas de sus anteriores socios. La depresión mundial está estimulando la vuelta al Estado-nación a medida que la globalización se acelera.
Un elemento paralelo e íntimamente relacionado con el desmoronamiento del mercado mundial es el ascenso del Estado capitalista como pieza central de salvamento del tesoro nacional, con capacidad para exigir un tributo exorbitante de los fondos de pensiones, de salud y salariales de miles de millones de trabajadores, pensionistas y contribuyentes.
El creciente capitalismo de Estado en tiempos de hundimiento capitalista no sólo surge para salvar al sistema capitalista de los fracasos capitalistas, como afirman sus promotores. Para hacerlo utiliza la riqueza colectiva de toda la población. La nacionalización o estatificación de bancos e industrias insolventes es la culminación del capitalismo depredador. En vez de una explotación por parte de las empresas individuales o incluso una explotación sectorial de los trabajadores asalariados, es el Estado capitalista quien se aprovecha de la clase productora de riqueza en su totalidad.
Las opciones de América Latina giran alrededor del reconocimiento y la aceptación de que la globalización ha muerto y de que solamente bajo control democrático popular las naciones pueden generar riqueza y crear empleo, en vez de servir para canalizar y redistribuir recursos hacia arriba y hacia afuera, en beneficio de la clase capitalista fallida y arruinada.
Europa del Este y los países ex comunistas
La conversión del comunismo en capitalismo en Europa del Este siguió a un proceso de privatización, en muchos casos basado en el pillaje generalizado, las apropiaciones ilegales de recursos públicos, la caída en picado de las condiciones de vida en los países y la producción durante la primera mitad de los años 90. Aprovechándose de la mano de obra barata, el acceso fácil a oportunidades lucrativas en todos los sectores económicos, capitalistas de Europa Occidental y de EEUU tomaron el control de los sectores manufactureros, mineros, financieros y de comunicaciones.
Al mismo tiempo que las barreras entre el Este y el Oeste caían, hubo un flujo masivo de trabajadores cualificados hacia Europa Occidental. La recuperación económica y el crecimiento subsiguiente en Europa del Este y los países ex comunistas se basaron en su dependencia del desarrollo de la inversión y el crédito del capitalismo occidental, en forma de deslocalización de la producción, afluencia del capital especulativo financiero e inmobiliario, acceso a los mercados occidentales en expansión y, especialmente, la financiación de deuda de los gastos de consumo estimuló el crecimiento del Este. Por consiguiente, la región recibió golpes por dos lados durante la crisis económica: un hundimiento engendrado por una especulación interna insostenible y por el impacto de su dependencia del capital, el crédito y los mercados de una Europa Occidental deprimida.
Las economías capitalistas de los Estados bálticos, Europa del Este y Rusia se desmoronaron rápidamente. A medida que los mercados de crédito se anquilosaban y la desinversión multinacional se afincaba, las monedas locales se devaluaron y los mercados de ultramar desaparecieron. Todo el modelo de desarrollo dependiente basado en la desarticulación de los mercados locales y en los flujos de capital exterior socavó los esfuerzos internos para contrarrestar el hundimiento. Su única opción fue conseguir transfusiones masivas de ayuda financiera del FMI y los bancos, en términos onerosos, que limitaron las posibilidades de un plan fiscal nacional de estímulo.
Los vínculos de las regiones con los mercados mundiales, basados en relaciones de subordinación y dependencia con los capitalistas occidentales, propiciaron que carecieran, en primer lugar, de los mercados interiores y el capital para amortiguar la caída y, en segundo lugar, que al secarse los flujos de entrada de capital exterior se profundizara y ampliara la depresión. Del Báltico a los Balcanes, de Europa del Este a Rusia, la gran fuerza de la depresión ha producido paro de larga duración y gran envergadura y quiebras generalizadas de las industrias, los servicios y los bancos satélites y subsidiarios locales. Han surgido movimientos populares que ponen en cuestión las políticas de libre mercado de los gobiernos y, en algunos casos, rechazan el modelo capitalista dependiente de las exportaciones.
Asia: el fin de las ilusiones de desacoplamiento y crecimiento autónomo
La Gran Depresión de 2009 está afectando adversamente a todas las economías asiáticas que dependen de los mercados internacionales, financieros y de materias primas. Incluso los países más dinámicos, como Japón, China, India, Corea del Sur, Taiwán y Vietnam, no han escapado de las consecuencias de las drásticas caídas en comercio, empleo, inversión y nivel de vida. Dos decenios de expansión dinámica, fuerte crecimiento y márgenes de beneficios cada vez mayores, basados en los mercados de exportación y en la intensa explotación de la mano de obra, llevaron a una sobreacumulación de capital.
Muchos expertos asiáticos y occidentales defendieron un ‘nuevo orden mundial’ guiado y dirigido por las emergentes potencias económicas asiáticas, especialmente China, donde el poder se basaría cada vez más en su “autonomía regional”. En realidad, el dinámico crecimiento industrial de China estaba profundamente empotrado en una cadena mundial de producción en la que los países industriales avanzados, como Alemania, Japón, Taiwán y Corea del Sur, proporcionaban las herramientas de precisión, maquinaria y piezas para que China montara los productos y después los exportara a los mercados asiáticos, europeos y estadounidenses. El “desacoplamiento” no era más que un mito.
El crecimiento derivado de la exportación se vio impulsado por una explotación salvaje de la mano de obra, el desmantelamiento de inmensas áreas de servicios sociales (a saber, atención sanitaria gratuita, pensiones, subsidios para alojamiento, alimentación y educación) y la inmensa concentración de la riqueza en una élite diminuta de nuevos ricos multimillonarios (Economic and Political Weekly, Mumbai, 27 de diciembre de 2008, págs. 27-102).
El crecimiento de China y del resto de Asia se basó en la contradicción entre la expansión dinámica de las fuerzas de producción y la creciente polarización de las relaciones de clase productivas. Las altas tasas de beneficios llevaron a una sobreacumulación de capital –tasas altas de inversión-, que a su vez llevó a un inmenso presupuesto y a un superávit comercial que se derramó en los sectores financieros, en la expansión exterior (o blanqueo de dinero) y en la especulación inmobiliaria.
El edificio económico de Asia se levantó de forma precaria sobre las espaldas de cientos de millones de trabajadores que casi no tenían ningauna capacidad como consumidores y sobre una creciente dependencia de los mercados de exportación exteriores. La crisis mundial deflactó los mercados de exportación, poniendo en evidencia la vulnerabilidad de las economías asiáticas y originando una caída masiva del comercio y de la producción y un crecimiento enorme del desempleo. Los esfuerzos de China y otros países asiáticos para contrarrestar el colapso de los mercados exportadores mediante inyecciones masivas de capital público que estimularan la liquidez financiera y el desarrollo de infraestructuras fueron insuficientes para detener el crecimiento del desempleo y la bancarrota de millones de empresas vinculadas con la exportación.
La clase capitalista asiática y su élite gubernamental son totalmente incapaces de “reestructurar” la configuración social y económica y sustituir la demanda interna una vez derrumbado el mercado exterior. Hacer eso implicaría llevar a cabo diversas transformaciones profundas en la estructura de clases.
Dichas transformaciones supondrían trasladar las inversiones basadas en la alta rentabilidad hacia otras con bajo margen productivo y en servicios sociales para los cientos de millones de trabajadores con escasos ingresos y campesinos. Requeriría la transferencia de capital desde el sector inmobiliario privado, los mercados de valores y las compras de bonos en el exterior (como los bonos del Tesoro de EEUU) para financiar una atención sanitaria universal, educación y pensiones y el restablecimiento de la tierra para uso productivo en vez de promover la desposesión y la especulación inmobiliaria.
Toda la dinámica de crecimiento de Asia, construida en torno a la especulación de capital, altos beneficios y bajos salarios, está tratando de sobrevivir a costa de empobrecer aún más la mano de obra despidiendo masivamente a los trabajadores, de inmensos flujos de emigrantes en sentido contrario que vuelven a los campos devastados y de un aumento del excedente de la fuerza de trabajo.
La expulsión de la mano de obra, la solución capitalista habitual, a la que meramente se traslada, intensifica las contradicciones incrementando el conflicto entre el capital urbano basado en el sector financiero/industrial y los cientos de millones de trabajadores y campesinos empobrecidos, desempleados y subempleados. Las inyecciones estatales de capital para estimular la economía pasan a través del filtro de las élites estatales regionales y la clase capitalista, que absorbe y utiliza el grueso de este capital para apuntalar empresas a punto de venirse abajo, todo lo cual apenas impacta de forma positiva en las masas de trabajadores desempleados.
La propiedad privada y el control capitalista del Estado descartan el tipo de transformación social que puede recuperar el crecimiento a través de la expansión de las economías internas.
La “locomotora del crecimiento inverso” china ha socavado, necesariamente, a sus socios comerciales que dependen de las exportaciones industriales y de materias primas a China. El colapso de la demanda en los mercados europeos y estadounidenses está destruyendo toda la arquitectura de las industrias exportadoras chinas. La explotación salvaje de la mano de obra y el poder de la nueva burguesía china no proporcionan muchas posibilidades de recuperación de la demanda doméstica desde el interior.
La recuperación económica de China depende de una nueva transformación socialista que haga de la demanda interna masiva el motor real de crecimiento.
Oriente Medio: Depresión y guerras regionales
La clave de la crisis y descomposición de Oriente Medio tiene su raíz en las guerras regionales imperial-sionistas y en el colapso de los precios de las materias primas.
Los países productores de petróleo acumularon rentas inmensas que reciclaron en financiaciones a gran escala, compras inmobiliarias y gastos militares dentro y fuera de la región. Los beneficios concentrados en manos de los gobernantes absolutistas multimillonarios llevaron a relaciones de clase tremendamente polarizadas: rentistas inmensamente ricos y mano de obra inmigrante mal pagada limitaron el tamaño y alcance de los mercados internos.
Para superar la crisis de sobreacumulación y descenso de beneficios, las élites dominantes adoptaron dos estrategias que sirvieran temporalmente para esquivar la crisis: la dependencia de la exportación a gran escala de capital hacia cualquier lugar del mundo que produjera dividendos, rentas e intereses, primero hacia EEUU y Europa y después hacia Asia y África. La segunda estrategia se basó en reciclar los beneficios en proyectos de centros inmobiliarios faraónicos, turísticos y bancarios, en los Estados del Golfo… que crearon una enorme burbuja inmobiliaria.
El frenético boom del petróleo y de las materias primas que se produjo entre 2004 y 2008 provocó el desmoronamiento de las “oligarquías rentistas (o no productivas)” de Oriente Medio, acrecentando el proceso de sobreacumulación y la sobrextensión de la deuda y la importación de mano de obra. La consecuencia fue la aparición de una crisis económica regional en la que los superávits comerciales y presupuestarios se vieron reemplazados por un aumento del déficit.
Las economías de Oriente Medio, al estar estructuradas a partir de las “rentas”, no se diversificaron en ningún momento para una economía variada centrada en la producción y en la creación de un mercado regional dinámico a partir de las masas. Las clases rentistas dominantes se enfrentan a una creciente masa de inmigrantes y trabajadores internos desempleados, a la salida masiva de miles de financieros europeos expatriados, de profesionales del sector inmobiliario y otros parásitos improductivos.
Al venirse abajo los precios, beneficios y rentas por no beneficiarse ya del boom del petrodólar, ni ser tampoco los poderosos banqueros y titulares de deuda, la clase dirigente del Golfo Árabe cuenta con pocos recursos externos e internos y con escasos mercados para poder proyectar un “programa de recuperación”.
Pero hay más, en medio de este emergente colapso económico, el Estado militarista de Israel actúa como fuerza desestabilizadora regional que proyecta su poder y sus ambiciones coloniales por toda la región. A través de una de las configuraciones de poder más particulares de la historia mundial el insignificante, desde el punto de vista económico, Estado de Israel, actuando a través de las actividades de varias decenas de miles de partidarios comprometidos a nivel ideológico, muy organizados y disciplinados y estratégicamente colocados en la diáspora, controla los sectores fundamentales del poder político en el gobierno estadounidense.
No hay comentarios:
Publicar un comentario