La depresión mundial: un análisis de clase
Los indicadores económicos generales del auge y el declive del sistema capitalista mundial son de escaso valor para la comprensión de las causas, la trayectoria y el impacto de la depresión mundial. En el mejor de los casos, describen la carnicería económica; en el peor, ofuscan a las clases sociales dominantes y gobernantes –con sus complejas redes y transformaciones que dirigieron la expansión y el hundimiento económico– y a las clases trabajadoras asalariadas –que produjeron la riqueza que alimentó la fase expansiva y ahora pagan el coste del hundimiento económico-.
Ya es una perogrullada decir que los que causaron la crisis son también los mayores beneficiarios de la generosidad de los gobiernos. La simple observación cotidiana de que las clases gobernantes produjeron la crisis y la clase trabajadora está pagando la factura, con un coste mínimo para aquéllas, es un reconocimiento de la utilidad del análisis de clase a la hora de descifrar la realidad social que se oculta detrás de los datos económicos generales. Tras la recesión de principios de los 70, la clase capitalista industrial occidental consiguió asegurarse una financiación que le permitió iniciar un período de crecimiento extenso y profundo que cubrió todo el globo.
Los capitalistas alemanes, japoneses y del Sureste Asiático prosperaron, compitieron y colaboraron con sus homónimos de EEUU. Durante este período, el poder social, la organización y la influencia política de la clase trabajadora perdió importancia, tanto en términos absolutos como relativos, en paralelo al descenso de su participación en la renta material. Las innovaciones tecnológicas, incluida la reorganización del trabajo, compensaron las subidas salariales con la reducción de la masa de trabajadores, y en particular de su capacidad de ejercer presión sobre las prerrogativas de la gestión. Se consolidó la posición estratégica capitalista en la producción y sus dueños pudieron ejercer un control casi absoluto sobre la localización y los movimientos del capital.
Los poderes capitalistas establecidos –especialmente en el Reino Unido y EEUU— con grandes reservas de capital y enfrentados a una creciente competencia por parte de los capitalistas alemanes y japoneses, completamente recuperados, intentaron ampliar sus tasas de rentabilidad trasladando sus inversiones de capital a las finanzas y los servicios. Al principio, esta iniciativa estaba vinculada y dirigida a la promoción de las ventas de sus productos manufacturados, proporcionando para ello el crédito y la financiación para las compras de automóviles o productos electrodomésticos. Los capitalistas industriales menos dinámicos deslocalizaron sus fábricas de montaje hacia las regiones y países con salarios más bajos.
El resultado fue que los capitalistas industriales de EEUU tomaron más un aspecto de financieros manteniendo su carácter industrial en la operación de sus filiales manufactureras de ultramar y sus proveedores satélites. Al mismo tiempo, la fabricación en países de bajos salarios y los rendimientos financieros en el propio país hincharon los beneficios generales de la clase capitalista. Mientras que la acumulación de capital se extendía en el país de origen, los salarios nacionales y los costes sociales sufrían presiones a medida que los capitalistas trasladaban los costes de la competencia a las espaldas de los asalariados por mediación de la colaboración sindical en EEUU y de los partidos políticos socialdemócratas en Europa.
Las limitaciones salariales, la vinculación de los salarios a la productividad de una manera asimétrica y los pactos entre capital y trabajo aumentaron los beneficios. Los trabajadores de EEUU recibieron compensaciones mediante importaciones baratas de productos de consumo, producidas por los trabajadores sometidos a salarios más bajos de los países de reciente industrialización, y mediante el acceso al crédito fácil.
Durante la década de los 90, el pillaje occidental de la ex URSS, con la colaboración de gángsters oligarcas locales, condujo a una fuga masiva del capital saqueado hacia los bancos occidentales. La transición china al capitalismo en los años 80, que se aceleró en los 90, amplió la acumulación de beneficios industriales derivados de la explotación intensiva de decenas de millones de asalariados con sueldos a niveles de subsistencia.
Mientras el pillaje de billones de dólares en Rusia y toda la ex Unión Soviética hinchaba el sector financiero de Europa Occidental y EEUU, el crecimiento masivo de miles de millones de dólares en transferencias y el blanqueo de dinero ilegal hacia bancos de EEUU y Reino Unido contribuyó a la hipertrofia del sector financiero. El alza de los precios del petróleo y de los beneficios de los capitalistas rentistas añadió una nueva fuente de beneficios y de liquidez financieros.
El pillaje, las rentas y el dinero negro proporcionaron una vasta acumulación de riqueza financiera desconectada de la producción industrial. Por otra parte, la rápida industrialización de China y otros países asiáticos proporcionó un gran mercado para los fabricantes alemanes y japoneses de producto de gama alta: suministraron maquinaria y tecnología de alta calidad a las fábricas chinas y vietnamitas.
Los capitalistas de EEUU no se desindustrializaron, quien lo hizo fue el país. Al deslocalizar la producción a ultramar e importar los productos acabados, y al centrarse en el crédito y financiación, la clase capitalista de EEUU y sus miembros se volvieron diversificados y multisectoriales. Multiplicaron sus beneficios e intensificaron la acumulación de capital.
Por otra parte, los trabajadores estaban sometidos a múltiples formas de explotación: los salarios se estancaron, los acreedores incrementaban sus intereses y los puestos de trabajo de altos salarios y alto nivel se transformaron en empleos de servicios con sueldos más bajos, lo que redujo constantemente el nivel de vida de aquéllos.
El proceso básico que ha conducido a la debacle estaba bien claro: el crecimiento dinámico de la riqueza capitalista occidental estuvo basado, en parte, en el pillaje brutal de la URSS y América Latina, que sufrieron un descenso acentuado de sus condiciones de vida durante los años 90. La explotación intensificada y salvaje de centenares de millones de trabajadores chinos, mexicanos e indonesios mal pagados, y el éxodo forzado de campesinos a la industria produjo altas tasas de acumulación.
La decadencia relativa de salarios en EEUU y Europa Occidental también contribuyó a la acumulación de capital. El énfasis alemán, chino, japonés, latinoamericano y europeo oriental en un crecimiento impulsado por el sector exportador contribuyó al desequilibrio o contradicción entre la riqueza capitalista concentrada y la propiedad y la creciente masa de trabajadores de bajos salarios. Las desigualdades a escala mundial crecieron geométricamente.
El proceso dinámico de acumulación excedió la capacidad del sistema capitalista, altamente polarizado, de absorber el capital en sus actividades productivas dadas las altas tasas existentes de beneficio. Esto condujo al crecimiento multiforme y a gran escala del capital especulador que infló los precios e invirtió en el sector inmobiliario, las materias primas, los fondos de capital de riesgo, los valores bursátiles, la financiación de la deuda y las fusiones y adquisiciones, actividades todas divorciadas de la producción de valor real. El auge industrial y las restricciones de clase impuestas a los salarios de los trabajadores socavaron la demanda nacional e intensificaron la competencia en los mercados mundiales.
La actividad financiera especulativa, provista de una liquidez masiva, ofreció una solución a corto plazo: los beneficios basados en la financiación de deuda. La competencia entre prestatarios fomentó la disponibilidad de crédito barato. La especulación inmobiliaria llegó hasta la clase trabajadora, a medida que trabajadores asalariados sin ahorros personales o activos se aprovecharon de su acceso a préstamos fáciles para unirse al frenesí inducido por los especuladores, basándose en la idea de un incremento incesante del valor de las viviendas.
El inevitable hundimiento repercutió en todo el sistema y detonó la parte inferior de la cadena especulativa. De los últimos participantes hasta los detentores de los productos hipotecarios subprime, la crisis ascendió hasta afectar a los bancos y las sociedades más grandes, implicados en rescates y adquisiciones, altamente endeudados. Todos los sectores diversificados, de la manufactura a las finanzas, la especulación comercial y de materias primas, sufrieron las consecuencias. Toda la panoplia de capitalistas se enfrentó a la quiebra y los exportadores industriales alemanes, japoneses y chinos que descansaban en la explotación del trabajo fueron testigos del hundimiento de sus mercados de exportación.
El estallido de la burbuja financiera fue resultado de la sobreacumulación de capital industrial y del pillaje de la riqueza a escala mundial. La sobreacumulación se arraiga en la relación capitalista más fundamental: las contradicciones entre la propiedad privada y la producción social, la concentración simultánea del capital y el declive de las condiciones de vida.
Encontramos por doquier indicadores de la creciente depresión de 2009:
Las quiebras aumentaron en un 14% en 2008 y pueden incrementarse otro 20% en 2009 (Financial Times, 25 de febrero de 2009; p.27);
La depreciación de los grandes bancos occidentales ya está en torno a un billón de dólares y sigue creciendo (según el Institute for International Financing, grupo de presión en Washington de los grupos bancarios.) (Financial Times, 10 de marzo de 2009 p.9);
Y según el mismo Financial Times, las pérdidas que sufren los bancos que tienen que ajustar a la baja sus inversiones a los precios de mercado ya alcanzan los tres billones de dólares, equivalentes al valor anual de la producción económica británica. Como se cita en el mismo informe, el Banco Asiático de Desarrollo estima que los activos financieros a escala mundial se han reducido en más de 50 billones de dólares, una cifra equivalente a la producción global anual. Para 2009, EEUU tendrá un déficit presupuestario del 12,3% de su PIB y unos déficits fiscales que pueden llevar a la ruina de las finanzas públicas.
Los mercados mundiales experimentan una caída vertical:
El índice Topix ha caído de 1.800 a mediados de 2007 a 700 a principios de 2009;
Standard & Poor de 1.380 a principios de 2008 a 700 en 2009;
FTSE 100 de 6.600 a 3.600 a principios de 2009;
Hang Seng de 32.000 a principios de 2008 a 13.000 a comienzos de 2009 (FT, 25 de febrero de 2009; p.27);
En el cuarto trimestre de 2008, el PIB se redujo en un porcentaje anual del 20,8% en Corea del Sur, 12,7% en Japón, 8,2% en Alemania, 2,9% en el Reino Unido y 3,8% en EEUU (FT, 25 de febrero de 2009; p.9);
El índice Dow Jones ha disminuido de 14.164 en octubre de 2007 a 6.500 en marzo de 2009;
El porcentaje de decrecimiento anual de la producción industrial fue del 21% en Japón, el 19% en Corea del Sur, el 12% en Alemania, el 10% en EEUU y el 9% en el Reino Unido (FT, 25 de febrero de 2009; p.9);
Se prevé que los flujos de capital privado netos dirigidos a los países capitalistas menos desarrollados por los países imperiales se reduzcan en un 82% y los flujos de crédito por un valor de 30.000 millones de dólares (FT, 25 de febrero de 2009; p.9);
La economía de EEUU disminuyó en un 6,2% en los últimos tres meses de 2008 y cayó aún más en el primer trimestre de 2009 a consecuencia de una reducción acentuada de las exportaciones (23,6%) y gastos de consumo (4.3%) en el último trimestre de 2008 (BBC, 27 de febrero de 2009).
Con más de 600.000 trabajadores que pierden mensualmente sus empleos en los tres primeros meses de 2009 y muchos más que han visto reducidas sus horas extraordinarias, o las verán durante 2009, el desempleo real y camuflado puede alcanzar hasta el 25% a finales de año. Todo apunta a una depresión profunda y prolongada:
Las ventas de automóviles de General Motors, Chrysler y Ford se redujeron casi el 50% de 2007 a 2008. El primer trimestre de 2009 registró otra disminución del 50%;
Los mercados extranjeros se están agotando a medida que la depresión se extiende a ultramar;
En el mercado interior de EEUU, las ventas de mercancías duraderas están disminuyendo en un 22% (BBC, 27 de febrero de 2009); y
Las inversiones residenciales cayeron un 23,6% y la inversión empresarial en un 19,1%, reducción liderada por un descenso del 27,8% en bienes de equipo y programas informáticos.
La desinversión liderada por la actividad empresarial privada es la que impulsa la depresión. Los stocks empresariales en aumento, la inversión decreciente, las quiebras, las ejecuciones hipotecarias, los bancos insolventes, las pérdidas masivas acumuladas, el acceso restringido al crédito, la caída del precio de los valores y una reducción del 20% de la riqueza de los hogares (más de 3 billones de dólares) son causa y consecuencia de la depresión. Como resultado del hundimiento de los sectores industrial, minero, inmobiliario y comercial, hay por lo menos 2,2 billones de dólares de deuda bancaria tóxica en todo el mundo, mucho más que los fondos de rescate asignados por la Casa Blanca en octubre de 2008 y febrero y marzo de 2009.
La depresión está disminuyendo la presencia económica mundial de los países imperiales y además socava las estrategias de exportación financiadas por capital extranjero en América Latina, Europa del Este, Asia y África.
Casi todos los economistas, expertos, asesores de inversiones, historiadores de la economía y conocedores variopintos comparten una fe común de que, a largo plazo, el mercado de valores se recuperará, la recesión terminará y el gobierno se retirará de la economía. Anclados en conceptos relativos a modelos cíclicos y tendencias históricas del pasado, estos analistas pierden de vista las actuales realidades sin precedentes: la naturaleza mundial de la depresión económica, la velocidad sin precedente de la caída, los niveles de deuda contraídos por los gobiernos para sostener los bancos e industrias insolventes y los extraordinarios déficits públicos, que absorberán recursos durante muchas generaciones.
Los profetas académicos del largo plazo seleccionan arbitrariamente marcadores de tendencia del pasado que se establecieron en un contexto político-económico radicalmente diferente del actual. La charla ociosa de los economistas de la postcrisis desatiende los parámetros abiertos y en constante variación, con lo que pasan por alto los verdaderos marcadores de tendencia de la depresión actual.
Como observa un analista, "ninguna condición de partida que seleccionemos entre los datos históricos disponibles puede dar una réplica exacta de las condiciones de partida en cualquier otro momento, porque, en ambos casos, los precedentes nunca son idénticos" (FT, 26 de febrero de 2009; p.24.) La actual depresión estadounidense tiene lugar en el contexto de una economía desindustrializada, un sistema financiero insolvente, con déficits fiscales récord, déficits comerciales récord, una deuda pública sin precedentes, una deuda exterior “multibillonaria” y más de 800.000 millones de dólares asignados a los gastos militares de varias guerras y ocupaciones en curso.
Todas estas variables desafían los contextos en los que tuvieron lugar las depresiones anteriores. Ninguno de dichos contextos previos a una crisis del capitalismo se parece a la situación de hoy. La actual configuración de estructuras económicas, políticas y sociales del capitalismo incluye niveles astronómicos de pillaje del tesoro público con el fin de apuntalar bancos e industrias insolventes, lo que implica un volumen de transferencia de rentas sin precedentes de los salarios a los rentistas no productivos, los capitalistas fallidos, los receptores de dividendos y los acreedores. El índice y los niveles de apropiación y reducción del ahorro, los planes de pensiones y los planes sanitarios, todo sin ninguna compensación, ha desembocado en la más rápida y extensa reducción de las condiciones de vida y el mayor empobrecimiento masivo en la historia reciente de EEUU.
Nunca en la historia del capitalismo ha tenido lugar una crisis económica profunda sin que hubiera algún movimiento, partido o estado socialista alternativo presente para plantear una alternativa. Nunca los estados y gobiernos han estado bajo un control tan absoluto de la clase capitalista, especialmente en la asignación de recursos públicos. Nunca en la historia de una depresión económica se ha destinado tanto gasto público, tan unilateralmente, a la compensación de una clase capitalista fallida ni se ha destinado tan poco a los asalariados.
Los nombramientos y las políticas económicas del gobierno de Obama reflejan claramente el control total de la clase capitalista sobre los gastos del Estado y la planificación económica.
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