Teoría de la crisis del capital: la desaparición del experto económico
Las fallidas políticas económicas de los líderes de la política y la economía se basan en el funcionamiento del capitalismo de mercado. Para evitar una crítica del sistema capitalista, los tratadistas echan la culpa a los líderes y a los expertos financieros por su incompetencia, su avaricia y sus defectos individuales.
La charlatanería ha sustituido al análisis razonado de las estructuras, las fuerzas materiales y la realidad objetiva que impulsan, motivan y ofrecen incentivos a los inversores, los responsables políticos y los banqueros. Cuando las economías capitalistas se derrumban, los dioses enloquecen a los políticos y los articulistas, los priva de la capacidad de razonar sobre los procesos objetivos y los envía a las tinieblas de la especulación subjetiva.
En vez de examinar las estructuras de oportunidad creadas por el enorme excedente de capital y los márgenes de beneficio realmente existentes, que impulsan a los capitalistas a la actividad financiera, nos dicen que ha sido un “fracaso de liderazgo”. En vez de examinar el poder y la influencia de la clase capitalista sobre el Estado, en especial en la selección de unos responsables políticos y unos reguladores económicos que permitan maximizar sus beneficios, nos dicen que ha habido una “falta de comprensión” o una “ignorancia intencionada de lo que requieren los mercados.”
En vez de analizar concretamente las clases y relaciones sociales reales –en particular las clases capitalistas históricas que actúan en los mercados reales– los charlatanes postulan un mercado abstracto poblado por capitalistas imaginarios (racionales). En vez de examinar cómo el aumento de los beneficios, los mercados en expansión, el crédito barato, el trabajador sometido y el control sobre las políticas y los presupuestos del Estado crean la confianza de los inversores –y cómo su ausencia destruye esta confianza–, los charlatanes afirman que la pérdida de confianza es la causa del derrumbe económico. El problema objetivo de la pérdida de las condiciones específicas para la producción de beneficios, que conduce a la crisis, se convierte en una opinión sobre esta pérdida.
La fe, la esperanza y la confianza en las economías capitalistas proceden de unas relaciones y unas estructuras económicas que producen beneficios. Estos estados psicológicos provienen de resultados exitosos, es decir, de las transacciones, las inversiones, el aumento de valor de las acciones y la multiplicación de beneficios presentes y futuros. Cuando las inversiones fracasan, las empresas pierden dinero y quiebran, y los perjudicados dejan de confiar en los propietarios y sus agentes; cuando sectores económicos enteros perjudican seriamente a toda la clase de inversores, depositarios y prestatarios, se produce una pérdida de confianza en el sistema.
La charlatanería es el último recurso de los ideólogos, académicos, expertos y editorialistas financieros capitalistas. Poco dispuestos enfrentarse al desglose de los mercados capitalistas realmente existentes, escriben y recurren a vagas utopías como los “mercados apropiados” distorsionados por “determinados modos de pensar.” Es decir, para salvar su fallida ideología, basada en los mercados capitalistas, se inventan un ideal moral: el mercado y el modo de pensar capitalista apropiados, divorciado de cualquier comportamiento real y de los imperativos y contradicciones económicas inscritos en la lucha de clases.
Los argumentos económicos inadecuados y faltos de rigor que impregnan los escritos de los ideólogos capitalistas están en un plano paralelo a la quiebra del sistema social en el que se enmarcan. El fracaso intelectual y moral de la clase capitalista y sus seguidores políticos no son defectos personales, sino que reflejan el fracaso económico del mercado capitalista.
La quiebra del sistema financiero de EEUU es síntoma de un hundimiento más profundo del sistema capitalista, que tiene sus raíces en el desarrollo dinámico del capitalismo de los tres últimos decenios. En el sentido más amplio, la depresión mundial actual es el resultado de la formulación clásica resumida por Karl Marx hace más de 150 años: la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de la producción existentes.
A diferencia de los teóricos que sostienen que han sido las finanzas y el capitalismo postindustrial los que han destruido o “desindustrializado” la economía mundial y han puesto en su lugar una especie de capitalismo de casino, o capitalismo especulativo, es evidente que hemos sido testigos del crecimiento a largo plazo más espectacular de la historia del capitalismo industrial, que ha llegado a emplear más trabajadores industriales asalariados que nunca en la historia.
Impulsadas por unas tasas crecientes de beneficios, las inversiones a gran escala y largo plazo, cada vez mayores, han sido la fuerza motriz de la penetración del capital industrial y conexo hasta las regiones subdesarrolladas más remotas. Los países capitalistas, nuevos y viejos, han visto nacer y crecer imperios económicos enormes que han derribado barreras políticas y culturales, permitiendo con ello la incorporación y la explotación de miles de millones de trabajadores, nuevos y viejos, en un proceso implacable.
Dado que la competencia de los nuevos países industrializados se ha intensificado, y dado también que los crecientes beneficios han llegado a exceder la capacidad de reinvertirlos provechosamente en los antiguos centros capitalistas, grandes masas de capital han migrado hacia Asia, América Latina, Europa del Este y, en menor grado, a Oriente Medio y África meridional.
Los enormes beneficios excedentarios se volcaron en los servicios, entre otros los financieros, el sector inmobiliario, los seguros y las grandes propiedades de tierras, urbanas y rurales.
El dinámico crecimiento de las innovaciones tecnológicas del capitalismo encontró su expresión más clara en un mayor poder social y político, que eclipsó a los trabajadores organizados limitando su capacidad de negociación, y permitió multiplicar los beneficios. Con el crecimiento de los mercados mundiales, los trabajadores pasaron a ser considerados, simplemente, como costes de producción, no como consumidores finales. Los salarios se estancaron, los beneficios sociales se limitaron, recortaron o trasladaron a los trabajadores.
En esta situación de crecimiento capitalista dinámico, el Estado y sus políticas se convirtieron en un instrumento totalmente al servicio del capital: se debilitaron las restricciones, los controles y las reglamentaciones. Lo que se denominó neoliberalismo abrió nuevos ámbitos a la inversión de los beneficios excedentes: se privatizaron las empresas, la tierra, los recursos y los bancos públicos.
A medida que se intensificaba la competencia y surgían nuevas potencias en Asia, el capital de EEUU invertía cada vez más en actividades financieras. En los circuitos financieros se elaboraron toda una serie de instrumentos financieros que atrajeron la riqueza y los beneficios de los sectores productivos.
El capital de EEUU no se “desindustrializó”, sino que se desplazó a China, Corea y otros centros de crecimiento, no a causa de la caída de los beneficios, sino por los beneficios más altos que obtienen las empresas fabricando en ultramar.
En China, La apertura al capitalismo proporcionó a centenares de millones de trabajadores empleos sometidos a una brutal explotación con salarios de subsistencia, ningún beneficio social y escaso o ningún poder social organizado. Una nueva clase de colaboradores capitalistas asiáticos, consolidada y fomentada por el capitalismo asiático de estado, aumentó el volumen enorme de beneficios.
Las tasas de inversión alcanzaron proporciones desorbitadas, teniendo en cuenta las enormes desigualdades entre la clase de los propietarios y los trabajadores asalariados. Los enormes excedentes aumentaron, pero con una considerable limitación de la demanda interna. El crecimiento de las exportaciones y los consumidores de ultramar se convirtieron en la fuerza impulsora de las economías asiáticas. Los fabricantes de EEUU y Europa invirtieron en Asia para exportar de nuevo a sus mercados interiores, lo que desplazó la estructura del capital interno en favor del comercio y las finanzas. Los bajos salarios pagados a los trabajadores llevaron a una gran expansión del crédito.
La actividad financiera creció en proporción a la entrada de mercancías de los dinámicos países de reciente industrialización. Los beneficios industriales se reinvirtieron en servicios financieros. Los beneficios y la liquidez crecieron en proporción a la decadencia relativa del valor real generado por el paso del capital industrial al capital financiero-comercial.
Los superbeneficios generados por la producción, el comercio y las finanzas mundiales, y el reciclaje en EEUU de las ganancias obtenidas en ultramar a través de los circuitos financieros, tanto estatales como privados, crearon una enorme liquidez. Mucho más alta que la capacidad histórica de las economías de EEUU y Europa para absorber tales beneficios en sectores productivos.
La explotación dinámica y voraz del enorme excedente de mano de obra de China, la India y otros lugares, el pillaje total y la transferencia de cientos de miles de millones de dólares de la Rusia ex comunista y la América Latina neoliberalizada llenó las cajas de instituciones financieras nuevas y viejas.
La sobreexplotación del trabajo en Asia y la sobreacumulación de liquidez financiera en EEUU llevaron a la ampliación de la economía de papel y a lo que los economistas liberales llamaron luego desequilibrio global entre los ahorradores-inversores-exportadores (en Asia) y los consumidores-financieros-importadores (en EEUU). Los enormes excedentes comerciales del Este se titularizaron mediante la compra de bonos del Tesoro de EEUU. La economía estadounidense estuvo respaldada, precariamente, por una economía de papel cada vez más inflada.
La expansión del sector financiero fue el resultado de las altas tasas de rendimiento y se aprovechó de la economía liberalizada impuesta por el poder del capital de inversión diversificado en los decenios anteriores. La internacionalización del capital, su crecimiento dinámico y el crecimiento enorme del comercio progresaron con una aceleración mayor que los salarios estancados, los beneficios sociales decrecientes y el gran excedente de mano de obra.
Temporalmente, el capital intentó potenciar sus beneficios por medio de la propiedad inmobiliaria inflada gracias a la ampliación del crédito, la deuda altamente apalancada y una serie de instrumentos financieros claramente fraudulentos (activos invisibles sin valor.) El hundimiento de esta economía de papel dejó al descubierto un sistema financiero hipertrofiado y forzó su desaparición. La pérdida de recursos financieros, crédito y mercados repercutió en todas las potencias industriales orientadas a la exportación de bienes industriales.
La falta de consumo social, la debilidad del mercado interior y las enormes desigualdades negaron a los países industrializados cualquier tipo de mercado compensatorio para estabilizar o limitar su deslizamiento hacia la recesión y la depresión. El crecimiento dinámico de las fuerzas productivas basadas en la sobreexplotación del trabajo, llevado hasta la hipertrofia de los circuitos financieros, puso en movimiento el proceso de expulsión –feeding off– de la industria y de subordinación del proceso de acumulación al capital altamente especulativo.
La mano de obra barata, las fuentes de beneficio, la inversión, el crecimiento comercial y las exportaciones a escala mundial ya no podían sostener, a la vez, el pillaje por parte del capital financiero y el mantenimiento de un mercado para el sector industrial dinámico. Lo que se interpretó erróneamente como una crisis financiera, o más particularmente una crisis de la vivienda y las hipotecas, fue simplemente el pistoletazo de salida del hundimiento de un sector financiero hipertrofiado.
El sector financiero, que en un primer momento surgió de la expansión dinámica del capitalismo productivo, se puso más tarde contra éste. Los vínculos históricos y los lazos globales entre la industria y el capital financiero llevaron inevitablemente a una crisis capitalista sistémica, implícita en la contradicción entre una empobrecida fuerza de trabajo y la concentración del capital.
La depresión mundial actual es un producto del proceso de sobreacumulación del sistema capitalista, en el que la quiebra del sistema financiero fue el detonador pero no el determinante estructural. Esto se demuestra por el hecho de que países industriales como Japón y Alemania experimentaron una caída de la exportación, la inversión y el crecimiento mayor que otros países financieros como EEUU y Reino Unido.
El sistema capitalista en crisis destruye el capital para purgarse de las empresas y los sectores menos eficaces y competitivos y más endeudados, y para reconcentrar el capital mientras se reconstruye la capacidad de acumulación, dadas las condiciones políticas necesarias. La recomposición del capital surge del pillaje de los recursos del Estado, es decir de los llamados rescates y otras transferencias masivas de la Hacienda pública (léase, de los contribuyentes), que resulta de la reducción salvaje de transferencias sociales (léase, servicios públicos) y del abaratamiento de los salarios conseguido mediante despidos, desempleo masivo, reducciones salariales, de pensiones y sanitarias, y el empeoramiento general de las condiciones de vida que permitan aumentar la tasa de beneficio.
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